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La verdadera historia de la madre de los tomates. Centro de Desarrollo
de las Artes Visuales. Ciudad de la Habana. 1999. Palabras del Catálogo: Carina Pino-Santos. Centro de Desarrollo de las Artes Visuales. La Habana, 1999. Al principio las pinturas de esta muestra personal pudieran provocar en el más vasto público una cierta extrañeza, no exenta del solaz que inevitablemente acompaña nuestra imagen de la elegancia, refinamiento y armonía que han distinguido tradicionalmente nuestro concepto de la cultura japonesa. Incluso, a un sector más reducido (de especialistas, críticos, historiadores del arte, conocedores) habitualmente entrenado en el compulsivo inclusivismo, distintivo del arte cubano contemporáneo, estos atemperados revivals no dejan de ser aunque jocosos, inusitados. Lo que esta muestra exhibe es más que la actuación de un “apropiador” pronto a la caza de imágenes historicistas. Incluye el acto lúdico implícito del artista en su resolución de parodiar, mediante capas superpuestas de significantes, referencia de haute couture a estilos, modos, costumbres, vocablos de la cultura occidental, oriental y la cubana. José Antonio manifiesta una sensibilidad camp aparentemente frívola, pero que le permite deslizamientos irónicos, humorísticos por las superficies formales de la historia del arte. Todo mezclado en única simulación que es su divertimento. El parecer incitarnos al apelar a determinadas percepciones kitsch sublimadas en nosotros los espectadores, diversión que, por otra parte, no excluye un gesto de respeto a estilos modernos y premodernos. De modo que cierto distanciamiento se imbrica a la comicidad -bien descubierta al titular sus cuadros- en las alusiones geográficas, sociales, artísticas que no pudieran estar más separadas en el tiempo histórico entre las culturas y que, sin embargo, son curiosamente expresivas de coincidentes asociaciones socioculturales. Así uno pudiera hallar arcaicas citas en estas obras que nos recuerdan a los sutras (rollos de escrituras budistas) decorados e iluminados, solo que donde las franjas horizontales de fina caligrafía asiática, José Antonio ha pintado un entramado de sugerentes elementos circulares concéntricos (op art) combinados en un diseño armonioso con verticales chorreados a lo Pollock y con los finos dibujos de tallos (no de cañas bravas, sino de azúcar). No hay perversidad en esa burla de los originales, más bien el empleo consciente del humor acompañado de un cierto gesto solemne en sus leves homenajes a los artistas históricos. Este arte transpira una metafísica ideal, parece estar regido por cierto ordenamiento interior -proveniente de la sobriedad clásica del original- y exterior, pues estas escenas como extraídas de algún Sutra, conservan cierto sentido narrativo interno. Nada más equívoco. En verdad, José Antonio es un simulador que se propone dejar constancia de la creación de las más opuestas dualidades. Él yuxtapone tangibles contrastes formales: entre el predominio de la límpida línea (en la cultura visual asiática) y a la par, las rítmicas, caóticas provocaciones del arte óptico, entre la simetría y el equilibrio de un mundo regido por la armonía y el enervante dripping de la pintura de acción. También realiza inversiones de significados. En vez de las acostumbradas flores de loto (símbolos por demás de la absoluta pureza), el artista nos presenta una surreal lluvia de cundiamores. Donde pudieran apreciarse rojos ciruelos, redondeadas naranjas suspendidas rodean al samurai expectante. En una escena, como salida del Emaki -rollos de literatura ilustrados al estilo Yamato-e, verdadero deleite de la nobleza japonesa de entonces, en un período de confirmación de su cultura narrativa-, una Diosa del Kambutal se hace acompañar de una figura mitológica. Su entorno es una llovizna de plátanos o cambutes (así llamados en la región oriental), he aquí el innegable juego con la semántica y a la vez con el significado, pues esta fruta, verdadero símbolo de la cultura culinaria cubana, adquiriría, indudablemente, un protagonismo nunca antes pensado dadas las difíciles circunstancias de la década actual. Y aún más. Dos damas, como salidas del pincel de Utamaro (gran retratista japonés del siglo xviii) no aparecen en su paisaje típico. Pero tampoco es este su cañaveral (título), circulares copos de nieves se derriten sobre ellas en una indetenible chorreado que no resiste las altas temperaturas de esta región del Caribe. Las ambigüedades e suceden para abrir este extenso etcétera en el que todo cabe y quien sabe si (también)¡hasta la madre de los tomates! Lo que José Antonio exhibe en estos lienzos es un esteticismo reverente, al mismo tiempo que impregnado de un humorismo sumamente intelectual. En realidad esto no es algo nuevo, sino índice de la continuidad de una obra coherente que ha sido construida en base a una intertextualidad culta, en la que se superponen diversidad de elementos entresacados e la historia del arte. Los antecedentes de este discurso se hallan en el inicio de esta década que finaliza el siglo, cuando crea irrealizables proyectos arquitectónicos (dibujos e instalaciones) e insólitas invenciones escultóricas en las que inserta con imperioso eclecticismo, formas reminiscentes del arte medieval tardío recontextualizadas en relación con la arquitectura y en general la cultura cubana y trabajadas por el escultor que es José Antonio con materiales pobres que halla e el entorno. Luego de una etapa transitoria vinculada a la sacudida que implicó la migración cubana, saldrá de las fronteras de esta crónica surrealista social para abordar un bestiario de raras criaturas mitológicas que aparecen decoradas con sugerentes motivos tomados del arte persa, egipcio y griego. Quizá también haya aquí el gusto edulcorado, la traición de un kitch que asoma como fino sarcasmo en estas extrañas invenciones de fábulas o nuevos mitos reinventados de animales desconocidos o falsos androides. Finalmente hemos llegado a este punto en el camino del artista. Un entreacto en esta puesta a la que hemos sido convocados para asistir a estas variaciones (los cuadros de la muestra). Ahora las citas, apropiaciones y estereotipos despiertan sutiles ironías, lecturas nada cáusticas que el espectador tendrá el privilegio de desbrozar. Un pequeño concierto de John Cage que en vez de parodiar sinfonías clásicas con paraguas, mezcladoras y batidoras, suena a Bach, con fondo de bongóes y boleros trasnochados, tocados con flautas de bambú o votekis y laúdes o bivas. He aquí a un travieso y terrible enfant en su condición de voyeur, mirándonos por el hueco de una cerradura, atisbando nuestras reacciones. Se ha disfrazado para esta fiesta. Es un cortesano japonés que sigue a una turba de soneros del Caribe y entona melodías de Sinatra. Nos confunde y clarifica a la vez. Sus tácticas han sido verificadas hace doscientos años con el entrenamiento de apropiaciones colonial y poscolonial en nuestras tierras. Las suyas son múltiples alegorías que transparentan referencias cual surtidores del pasado, el presente y el futuro sociocultural afluyendo a una fuente común, un único y simbólico contexto local que el artista no ha dejado de legitimar desde sus inicios, en una suerte de irrepetible y tenaz deseo por involucrarnos, a nosotros, los de afuera, en esta, su antropofagia, voraz, tercermundista e inextinguible.
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