Pino-Santos Carina. Pequeño concierto caribeño a lo John Cage por José Antonio Hechevarría. Texto para el catalogo Espacios Ciclicos, La Habana 1999.

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Resulta siempre una provocación recorrer la exhibición de un nuevo artista, no sólo por lo tentador que trae consigo lo sorpresivo del arte contemporáneo, sino también por la fortuna que deriva de nuestro disfrute al percibir las incontables variaciones que el creador ejecuta sobre la vida misma.

La obra de José Antonio Echevarria confirma lo anterior, a la par que amplia esa lógica expectativa. Y es que una panorámica de su todavía reciente labor pone de relieve la hibridez de tendencias, manifestaciones y géneros que el joven artista ha combinado en un constante despliegue de diversidad estética sin dejar por esto de sostener una intrínseca coherencia con su interesante proyecto: el de un arte inclusivo para el que emplea múltiples citas a estilos premodernos y modernos de la historia del arte, así como alegorías que mezclan el pasado y presente sociocultural, tanto del lenguaje internacional como de la tradición histórica del arte local.

Pudiera decirse que el artista tiene una sensibilidad camp con la que se desliza por las más indistintas superficies formales de los discursos artísticos.

Solo que esta intención -a la que buena parte del público de todas partes ya está acostumbrado- no está revestida de la distante y frívola actitud camp. Se trata, entonces, de que José Antonio asume esta actitud humorística, que en él halla significados más profundos relacionados con su propia cultura, que desde la colonia hasta hoy nos ha entrenado en la extroversión y el humor para afrontar los embates sociales, políticos, económicos, éticos, emocionales.

De ahí el choteo cubano, ese carnaval inusitado que el artista desata continuamente en pinturas, dibujos, esculturas, instalaciones, ya sea en la comicidad de los títulos que coloca a las piezas, en la disparatada proximidad de iconografías muy alejadas en el espacio geográfico y el tiempo real, o en su extravagante imaginario que, con furor ecléctico entreteje con versatilidad las más disímiles alusiones culturales.

Así, la creación para José Antonio también es un continuo divertimento que no ha dejado de estar acompañado del leve aunque respetuoso homenaje modernista a las imágenes historicistas del pasado. En verdad esa pasión inclusivista que es estrategia del quehacer de la mainstream desde hace medio siglo; tiene un récord de tiempo para los artistas del Tercer Mundo, cuya historia cultural nos habla de cómo se han venido ejercitando en simulacros y apropiaciones, ya hace más de doscientos años, los que han debido asumir activamente como culturas coloniales y poscoloniales.

Ese mundo vasto de elementos dispares hibridados, halla una expresión nítida en las obras de “Wellcome Gotic” (muestra personal que realizara Hechavarría en 1991 en una céntrica galería capitalina para graduarse del Instituto Superior de Arte). El artista lleva al clímax la tesis del eclecticismo posmoderno y tercermundista aún cuando entonces no era, por cierto, la práctica estética tan frecuente y extensiva que es actualmente en Cuba.

Deshizo con ímpetu las convenciones para provocar indistintas asociaciones visuales, José Antonio diseña en aquel momento, con ingenio, ambientes extravagantes integrados por un conjunto de insólitas instalaciones cual inusuales módulos arquitectónicos. En la exposición él imprimía un carácter de juego a sus intenciones ya que era factible para el espectador armar cual rompecabezas su Fuente Eiffel que destilaba agua de unos provisorios tanques ajustados por cabillas oxidadas (lo que cualquiera puede distinguir en la mayoría de las azoteas o apartamentos en La Habana) que semejaban una armadura medieval. O simplemente apreciar El bohío de la Virgen María, de guano pero al modo del gótico tardío; piezas todas realizadas con materiales característicos de su medio que reflejan también -como signo distintivo de identidad- las condiciones de nuestra producción artística. Es así como, en un período relativamente breve, el artista había ganado en intensidad en su intento por incluir la máxima pluralidad de lenguajes -lo que logra mayormente en sus instalaciones-, también alcanza a provocar el desorden funcional entre lo escultórico y lo arquitectónico, no sin una crítica evidente al papel de supeditación histórica de la escultura a la arquitectura. A todo ello se suma el interés -explícito en estas obras- por desvanecer las fronteras que enmarcan a las artes.

Inquieto y versátil, José (así sin acento, como le dicen sus colegas artistas aquí en La Habana) no se detuvo en ese proyecto y en una etapa posterior, investigó matéricamente con estiércol, fibras, carboncillo, en un intento experimental, tanto por los inusuales materiales como por su ensayo de crear obras en las que continúa trabajando en ese desvanecimiento de los habituales márgenes que distinguen dibujos de esculturas,

En el camino de esos, sus constantes cambios formales, José Antonio realizará otras incursiones, además de las que hace como escultor, o mejor, como creador de instalaciones, así en uno de sus acostumbrados saltos, realizará pinturas en un momento más bien transitorio que tuvo su inspiración en la sacudida social que significó la considerable migración cubana a comienzos del noventa.

Los cuadros de esta -que considero muy breve etapa- darán cuenta de una hilaridad chispeante que disuelve lo que pudo ser una expresión esencialmente dramática; entonces, el artista lo asume sin dejar de ser intertextual, es decir, sin dejar de mezclar imágenes híbridas en las que yuxtapone de forma armoniosa elementos clásicos, renacentistas, oníricos, en un estilo naif, todo resignificado en una pintura solo aparentemente ingenua realizada con colores puros. Se trata de una simbólica de fantasías y sueños inverosímiles que nos habla de la utopía candorosa y crédula de los emigrantes. Pero pronto abandonará esta crónica surrealista social para trabajar cuadros en los que aparece un bestiario de raras criaturas mitológicas, junto a motivos decorativos del arte persa, egipcio y griego.

En 1999 José Antonio volvió a provocar en el usual público que asiste a galerías una cierta extrañeza, pues exhibió obras cual atemperados revivals de la pintura histórica japonesa. En estas obras combinaba elementos del op art, del dripping de la pintura de acción, de la distintiva iconografía budista y de sutiles referencias a la cultura cubana. Podría decirse que las ambigüedades se sucedían unas a otras, en un extenso etcétera que daba cabida al todovale e incluso, como dice el refrán cubano, ¡hasta la madre de los tomates! (título que dio José Antonio a su muestra).

Sus últimas pinturas y esculturas continúan entretejiendo nuevas interconexiones con el mundo de la cultura grecolatina y de bizancio, a la vez que combinan la figuración y las influencias de la abstracción geométrica. Ahora el regodeo sensual del artista va in crescendo y viene dado sobre todo en la reiteración de formas redondeadas, suaves, que parecieran aprehender su ductilidad de un entorno que al artista se le antoja imposible de geometrizar aritméticamente. Sensualidad contenida cuya expresión proviene también del empleo protagónico del color, de ahí sus series en tonos de azules, o sepias, o magentas. Mas es en su escultura que estas formas hallan una estilización ejemplar, una conjunción que logra aprehender todo ese sentido de hedonismo y de fluidez ambiguamente erótica: una poética que violenta dulcemente los cauces de la inocencia.

Finalmente no es posible, llegado a este punto, calificar de una u otra forma definitoria el arte de un creador que se resiste a congelar su arte en una única expresión. Si algo pudiera decir al respecto es que José Antonio se me asemeja a un travieso y terrible voyeurista. Cierta vez escribí que “tras citas, variaciones e inclusiones se hallaba siempre el artista dispuesto a disfrazarse como para una fiesta y atisbando nuestras reacciones. En aquel momento comparé su exposición con un pequeño concierto de John Cage, solo que en vez de parodiar sinfonías clásicas con paraguas, mezcladoras o batidoras, José Antonio sonaba a Bach con un fondo de bongoes, boleros trasnochados, flautas de bambú que servían de acompañamiento a una turba de soneros del Caribe que, de vez en vez, interrumpían su rumba para entonar melodías de Frank Sinatra.

A solo unos meses sé que no volveré a decir lo mismo. Él sigue confundiendo y clarificando mis expectativas y en la medida en que lo logre con mayor fuerza y complejidad sé que podremos desbrozar nuevas y más sutiles lecturas en sus obras.